Por: Manuel Velázquez Lugo
Recuerdo perfecto la forma de sus casas y la distribución de los espacios; los muebles de su interior y la naturaleza de su exterior porque dejé mis huellas por casi todos los rincones durante mi infancia.
Recuerdo la sazón de sus platillos y el amor con el que me los preparaban.
Recuerdo sus enseñanzas, sus consejos; las llamadas de atención cuando algo que hacía no era correcto. Si estaban preparados o no para recibirme, nunca lo sabré, pero sí tengo claro que conmigo siempre dieron lo mejor de sí; y lo siguen dando.
¿Hasta dónde es capaz de llegar el cosmos de alguien? Es algo que me pregunté hace muchos años, casi al principio de mi tiempo, cuando todo era descubrimiento.
Entiéndase por cosmos la universalidad de una persona. Todo lo que es; toda su esencia, su energía, su vitalidad. Sus configuraciones atómicas.
Al caminar con el tiempo he entendido que el cosmos de alguien es infinito y trascendental. Puede abarcar lo que sea; puede alcanzar lo que sea; puede estar en un lugar y en todas partes. Aunque para eso se requiere compartir la memoria.
No sé cuántas configuraciones suyas tengo entre cada una de mis células, pero que dicha que sus cosmos aún me acompañen.
Tengo tres estrellas en el cielo y una más que sigue resplandeciente en la tierra… mis abuelos.
Querernos mutuamente siempre ha sido fácil. Poco -si no es que nada- tuve que hacer para ganar su afecto y ellos el mío. Mis abuelos siempre han sido excepcionales… no perfectos, porque nadie en esta tierra es perfecto, pero vaya que se esforzaron lo más que pudieron para darme amor a manos llenas. Yo traté -y trato siempre- de hacer lo mismo, de intentar lo mejor, aunque tampoco soy perfecto.
Nunca fue su responsabilidad educarme, de eso se encargaron mis padres y lo hicieron muy bien, pero aún así, nunca se guardaron ningún consejo, ninguna enseñanza.
Tengo memorizadas infinidad de charlas, palabras y momentos, por eso es que digo que su cosmos me acompaña.
Sus casas siempre estuvieron abiertas para mí. Sus manos siempre sujetaron las mías. Sus ojos siempre me miraron y estuvieron pendientes de mi andar. Y su carácter está entrelazado con el mío. Por eso digo que el cosmos de alguien es infinito, por que, a pesar de los años, la distancia y la diferencia de planos astrales, aún permanecen.
Recuerdo desayunar con ellos; comer con ellos; cenar, tomarnos un café cuando me volví más grande. Sentarnos debajo de un árbol a platicar, a escuchar sus historias una y otra vez, porque llega un momento de la vida en que las historias ya sólo se repiten, pero no dejan de ser importantes ni se vuelven aburridas.
Las navidades, los cumpleaños, las tradiciones, todas las reuniones.
Siempre he estado orgulloso de mis abuelos, de lo que son y lo que fueron; de lo que me tocó de ellos. Y aunque en algún punto de mi vida no nos hayamos entendido, siempre sobró el amor para arreglarlo todo.
Y sé que quizá no todos pueden contar la misma historia. Tal vez no todos arrastraban un sartén por toda la casa buscando a su nany para que les preparara una sopa. Tal vez no todos salieron a pasear a caballo con su abuelo. Quizá no tuvieron una abuela que hablaba un dialecto tan fascinante y que tenía unas tradiciones que los hicieron querer aprender cada día más. Y puede ser que tampoco hayan tenido un abuelo que les compraba todos y cada uno de los juguetes o dulces que pedían, y que luego los abrazaban y los dejaban todos llenos de grasa porque traía puesta su ropa de trabajo.
Tal vez no todos han corrido con la misma suerte, y debo decir que lo lamento, y que espero que su línea temporal cambie para bien.
Pero en el caso mío… muy particularmente mío… que dicha ha sido tener a mis abuelos.
UN DATO: En casi todas las mitologías y tradiciones, los adultos mayores son símbolos de origen, creación, sabiduría y trascendencia, por eso se les honra.
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