Por: Manuel Velázquez Lugo
Ícaro no ha dejado de darme vueltas en la cabeza en estos últimos días. La imagen de su rebeldía momentánea; su ceguera de ego, su soberbia disfrazada de libertad y luego la tragedia…
Este fin de semana estuvo la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, en Sonora, concretamente en Hermosillo, para continuar con su gira de rendición de cuentas con su segundo informe de gobierno.
El Centro de Usos Múltiples (CUM) fue el escenario perfecto para la reunión, donde no podían faltar los personajes políticos que abanderan con orgullo y casi una devoción absoluta el movimiento de la llamada Cuarta Transformación. También hubo una cantidad considerable de ciudadanos que acudieron gustosos y por su propio pie – bueno, apoyados mágicamente por algunos transportes que los llevaron hasta el recinto – para escuchar el mensaje de la presidenta y alzar sus pancartas de apoyo, mismas que contrastaron con las pancartas que se observaron afuera del recinto, por parte de movimientos inconformes que salieron a alzar la voz para exigir soluciones a varios problemas.
La presidenta comenzó su discurso y, si bien dijo algunas cosas interesantes – considero que muy pocas –, la realidad es que no se diferenció mucho de todos los otros discursos que ha dado anteriormente. Tomando los primeros minutos para dar una clase de historia que – a mi parecer – era innecesaria, pero para el movimiento no, porque sigue basando toda su estructura en esa semejanza entre ellos y las grandes figuras que dieron libertad al pueblo, justicia y democracia, etcétera, etcétera, etcétera…
Y escuchando las palabras y viendo a los asistentes – pagados o no – no pude evitar notar y querer analizar esa devoción férrea y esa idolatría hacia un movimiento donde sus figuras principales se alzan como las más morales, como las más distintas a todo lo que hemos visto en cuanto a política en el país. Son cercanísimos al pueblo; apoyan a los más necesitados; han traído una estabilidad económica – y casi tienen el descaro de decir que en seguridad también – nunca antes vista. Por fin el México primermundista que todos soñamos alguna vez.
-Que fuerte la hybris – pensé.
En la mitología, la hybris es un acto de desmesura; es arrogancia en exceso, y una soberbia que rompe el orden del cosmos, porque es cuando un mortal piensa que ha cruzado el límite que lo separa de los dioses, de la divinidad.
A lo largo de la historia ha habido un gran número de emperadores, reyes, reinas y personajes mitológicos que han caído en la hybris, alterando su concepto de realidad y creyendo que son seres superiores, sin defectos, a quienes se les debe una devoción incuestionable.
Y me llama la atención que, en los discursos políticos de este movimiento, desde hace 8 años, incluso creo un poco más, exista y permanezca esta narrativa de ser “distintos”, de ser “superiores” a los de antes; de ser quienes han conectado realmente con esos personajes históricos revolucionarios que dieron la vida por la libertad y la democracia. Y lo interesante también está en la misma reacción de la gente, que sigue aplaudiendo todo aquello, sin cuestionar más.
Ícaro fue uno de esos personajes que cayó en la hybris y terminó pagando un costo elevado.
De acuerdo con la mitología, fue hijo de Dédalo, el mayor inventor del mundo griego, quien le fabricó unas alas para que pudiera escapar de Creta, donde permanecían encerrados. La única advertencia que le dio fue que no volara demasiado alto, ni demasiado bajo. Pero cuando Ícaro emprende el vuelo, su cuerpo empieza a sentir esa libertad y su mente divaga y comienza a elevarse cada vez más. Aquí es donde aparece la hybris, pues su aventura se convierte en desmesura y sueña con alzarse tanto hasta tocar lo divino.
Su arrogancia lo llevó demasiado cerca del sol, cuyo calor derritió la cera con la que estaban unidas las alas, y entonces cayó al mar y todo acabó en tragedia.
Confundir la arrogancia con libertad siempre es peligroso.
La devoción ciega y excesiva, y el atribuirse cierta superioridad nunca acaba del todo bien. Reconocer la realidad con todos sus errores tiene más valor que cualquier discurso donde todo va perfecto y no pasa nada.
Sería interesante ver si nuestros personajes políticos actuales regresan a esa realidad, verdaderamente toman cartas en el asunto y comienzan a hacerse cambios que de verdad le harían bien a México.
Y un repaso de la historia – la no institucional – tampoco les vendría mal. Hasta donde sé, Benito Juárez no fue la figura más santa y pacífica de México. Pero bueno, eso ya lo dejo a consideración de cada quien.
UN DATO: La presidenta dijo que le solicitaron recursos para el hospital del ISSSTE “Dr. Fernando Ocaranza”, pero no dijo cuánto, ni cuándo, ni cómo. También dijo que el gobernador le solicitó la intervención para dos carreteras más… pero tampoco dijo cuáles, ni cuándo, ni cómo.
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