Por: Manuel Velázquez Lugo
Esta casa está construida con recuerdos… sus cimientos son memorias del pasado y sus paredes fueron erguidas con cada momento vivido. Cada risa, cada llanto, cada palabra de amor; felicidad, tristeza, asombro.
Los espejos de esta casa hoy reflejan el paso de los años, pero si los observas con calma y exploras un poco más allá de la superficialidad, encuentras su magia y puedes ver lo que se reflejó un día, un par de décadas atrás; esos fragmentos de historia que quedaron preservados en su interior.
En cada esquina hay una anécdota; en cada rincón se escuchan susurros de conversaciones pasadas, fosilizadas y perpetuadas en el tiempo.
Así es la casa de mis padres. Un lugar que para mi mente no obedece la lógica del tiempo y que es ajeno al desastre colosal que puede suponer la vida cotidiana y las exigencias sociales.
Porque estar aquí es cederlo todo. Soltar mis riendas y encender mi fuego. Parsimonia de mi acontecer.
Un jardín errante custodia su perímetro y la tierra tiene memoria de mis primeros pasos, de mis pies descalzos. La luna y el sol aquí me conocieron. Aquí se reflejaron por primera vez sobre mi piel. Porque este hogar fue lo primero que mis sentidos conocieron, y me dio los escenarios para mis propios sueños. Fue aquí donde emergieron de mi boca las palabras con las hoy me expreso.
Es el núcleo de mi ser.
Ha sufrido modificaciones con el tiempo, como todas las casas -supongo yo-, pero mi mente aún es fuerte y recuerdo con exactitud cada una de sus facetas.
Los árboles frutales, las flores; el lugar donde jugaba con mis hermanos; el lavadero viejo y una especie de porche en el patio trasero que hoy ya no existe. Sobre esas baldosas vi el reflejo del primer eclipse de mi vida.
Mi árbol de fuego ha muerto. Admito que me pesó y me causó nostalgia, no porque no entendiese el ciclo de la vida, sino porque había muchos recuerdos. Aparte de sus flores que eran de un rojo tan vivo que se encendía en cada atardecer, también tenía la suficiente fuerza para sostenernos. Ahí trepábamos a jugar. Ahí me tomaron algunas de mis primeras fotos.
En la casa de mis padres también ha habido mascotas, todavía las hay, de hecho. Creo recordar todos sus nombres, pero aquí sí mentiría si quisiera asegurarlo. Han sido perros y gatos, principalmente, pero también tuvimos patos, tortugas, gallinas, conejos, caballos, un perico y una iguana, vamos… hasta un pájaro carpintero.
Las modificaciones estructurales que ha sufrido esta casa han sido en pos de la modernidad y la comodidad; mis hermanos y yo crecimos y había que adaptar cada espacio para un mejor funcionamiento. Mis padres han hecho lo mejor que han podido, siempre anteponiendo sus necesidades a nosotros. Es por eso que ha sido nuestro lugar seguro.
Y es que, a casa siempre se puede volver cuando los pies tambalean a lo lejos.
Cuando la vida se desencaja y todo se viene abajo, siempre está el hogar. Un sitio ajeno al tiempo y a la realidad, donde el alma respira, el cuerpo se suelta y la energía se recarga.
Sin embargo, a pesar de todo ello, no olvido que este sitio no tiene toda esa magia por sí solo; no apareció de la nada, le fue dada, fue construida por los dos seres primordiales de mi historia… mis padres. Son ellos quienes han alzado este imperio. Quienes han impregnado cada centímetro con su esencia y bienaventuranza.
Dentro de la mitología hay varios sitios que son considerados casas o templos para distintas entidades. Estos sitios de culto han dado vida a héroes y dioses; también han representado dominios o bien, moradas desde donde mantienen el equilibrio del cosmos.
El Monte Olimpo es quizá de los más conocidos en la cultura griega, hogar de los hijos de Zeus, lo que el Inframundo para los descendientes de Hades, y los palacios y moradas marinas para Poseidón.
En tanto, en la mitología mesoamericana existe el Tlalocan, paraíso de lluvia, que es la morada benigna de Tláloc y otras deidades del agua, así como Tamoanchan y Chicomoztoc, lugares de origen y creación, vinculados al origen de los pueblos y algunas deidades.
En todas las culturas siempre hay un espacio a donde se pertenece, donde se gobierna, donde se rinde culto o, más preciado aún, de donde emerge la magia y la vida.
A pesar de los embates del tiempo, la casa de mis padres siempre tendrá ese poder para regenerarme y darme equilibrio. Hasta que el universo se apague.
UN DATO: También hay entidades que rigen el tiempo, la forma en que transcurre lineal y cósmicamente, y el poder que tiene para alterar o preservarlo todo.
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